No soy ni fuerte, ni peligrosamente inteligente, ni audaz, ni mucho menos un delincuente; pero claro, sentado en un despacho a oscuras mientras un oficial te apunta a la cara con la típica lámpara que lo único que consigue es cegarte, uno se pregunta muchas cosas sobre sí mismo. ¿Qué he hecho yo para merecer ésto?, ¿qué me van a hacer?, ¿podré seguir con mi vida? No parecía que en ese momento tuvieran una respuesta rápida.
Otra de esas historias en las que sin comerlo ni beberlo aparezco inmerso de lleno completamente.
- ... el caso es que, puesto que tu delito no implica daños personales, podrías trabajar para nosotros para evitar la condena - decía el que sostenía la lámpara hacía un minuto, que ahora se paseaba de un lado a otro.
Bueno, ésto era nuevo. Al parecer, esta vez sí me había metido en algún tipo de lío, aunque no me atreviera a preguntar cuál. Por esta falta de información mi boca permaneció sellada y solo pude asentir vágamente con la cabeza.
- Es un trabajo sencillo: te llevamos a la estación de trenes abandonada, corren rumores de que allí se esconde un famoso traficante que lleva dándonos esquinazo varios meses, debes buscarlo y cuando lo encuentres fingir un intercambio. En cuanto tengamos pruebas suficientes iremos por él y todo habrá terminado - terminó la última frase mirándome fíjamente desde las sombras.
No me hacía especial gracia pasearme por una nave abandonada de noche y encontrarme con tipos que pueden dejarme sin garganta en pocos segundos pero al parecer era mi única alternativa. Volví a asentir.
No tardaron mucho en pedir mi colaboración. Me reclamaron esa misma noche para cumplir mi parte del trato. Una vez me soltaron me puse a caminar y mientras tanto repasé mentalmente el plan. Al minuto ya había terminado y aún tenía la nave a unos 300 metros. No me gustaba demasiado, me habían dicho qué hacer pero no cómo, y se supone que ellos son los expertos y yo solo una marioneta más que no sabe de nada más que no sea de lo suyo. Estaba jodido, me iba a encontrar con un tipo peligroso y los nervios bramaban por dejarse ver. Algo me decía que aquellos que iban por droga, o la sustancia que me fueran a dar, no iban sudando de los nervios.
Alcancé la entrada. La fachada por la que llegué tenía tres grandes puertas y dos de ellas estaban entreabiertas así que crucé una de ellas. El sitio era inmenso y aún seguía conservando cientos de vagones y varios cruces de vías muy traicioneros. En la parte alta de todos los muros, sobre unos pasillos a una 2ª altura con acceso a varias puertas y a los que se subía por varias escaleras, había unos grandes ventanales que dispersaban la luz de la luna por todo el recinto. A un lado había una entrada amplia con unas vallas para disuadir a los que quisieran entrar. Intenté en vano ser silencioso, digo en vano porque no es precisamente sencillo caminar entre vías a oscuras sin saber a dónde ir y los tropezones se sucedían constantemente. Mientras me dirigía a la zona un poco más oculta por las sobras me sentía observado por todos los ángulos, como si fuera el actor de una obra de teatro. La presión en ese momento era inmensa.
Tras pasar una columna uno de mis pasos sonó más bien como un resorte. Me detuve y en ese momento alguien llamó mi atención chistando desde mi derecha. Cuando pude girarme lo primero que vi fue un cañón en mi frente. Intenté mantener la calma.
- Amigo, amigo... - vacilé.
- ¿Qué vienes a buscar aquí? - preguntó el tipo desde las sombras, sólo veía la ceniza incandescente de su cigarro.
- Lo que puedas ofrecerme, pero baja primero la pistola - conseguí calmarme un poco al ver que la bajaba.
- No muchos saben que estoy aquí, quería asegurarme.
- Apuntar con una pistola a los curiosos no es lo más seguro para que no sepan que estás aquí, me temo - me mordí la lengua tras acabar esa frase, poco después sentí cómo fruncía el ceño.
- Bueno no tengo todo el día, ¿qué buscas?
- Lo más fuerte - me dediqué a hacer frases escuetas.
Dudó unos instantes, salió lo suficiente de las sombras como para que se distinguieran sus rasgos faciales, me inspeccionó de arriba a abajo, me dio la impresión de que no era el típico tío que le pedía la sustancia más fuerte, e hizo una mueca para finalmente decir:
- ¿Conoces las consecuencias de tomar lo que te voy a dar?
Afirmé con toda la seguridad que pude aparentar.
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