Aún recuerdo cuando me ataba mis zapatillas de velcro del número 34 y, de la mano de mi madre, salía a la calle las mañanas de verano. Días radiantes, espléndidos, rayos que caían picados al suelo formando largas sombras pero que a la vez iluminaban todo el barrio y que hacía que me picaran las piernas. Tras recorrer unas pocas calles, que entonces me parecían un intrincado laberinto que nunca acababa de entender, nos deteníamos junto a un poste verde, con números salpicados en la parte superior, hasta que llegaba una gran lata roja sobre ruedas, se detenía delante de nosotros y nos abría sus puertas como invitándonos a ser devorados. Al entrar, como un ritual, mi madre tocaba dos veces una campanilla introduciendo una tarjeta parecida a las fichas que utilizan los trabajadores al entrar y salir de trabajar. Clin, clin, sonaba al arrancar dos pedacitos de cartón de la tarjeta, y entonces podíamos adentrarnos en la enorme lata en busca de un cómodo asiento. La atmósfera en el interior era distinta a la exterior. Nunca encontrabas la temperatura a tu gusto. Cuando las mañanas eran frescas y una leve brisa se te colaba por las mangas y las perneras del pantalón sin llegar a causarte frío pero sí una grata sensación de frescor veraniego, un gélido aire incidía directamente sobre el asiento que me asignaba mi madre (junto a ella) y congelaba cada una de mis células epiteliales. Sin embargo, cuando el calor podía notarse con echar un vistazo al asfalto, que presentaba el mismo aspecto que la plancha de cualquier cocinero de chiringuito, esa brisa tan esperada no llegaba nunca y no hacía más que sudar y sudar. Al parecer no era el único, porque además del calor, por lo general cierto hedor a animal, a humano, se respiraba en aquella atmósfera. A mí eso me preocupaba poco entonces, me dedicaba a mover las piernas, que colgaban del asiento y a mirar por la ventanilla la ciudad pasar. Siempre el mismo recorrido, aunque siempre distinto. Gente con ropa veraniega, verde por todas partes, aspersores en funcionamiento que añoraba los días más calurosos. Hasta que, sacado de mi ensoñación de un tirón, mi madre volvía a agarrarme de la mano hasta ponerme de pie y me llevaba hasta una de las salidas de aquel mundo. Al igual que para entrar, había que pedir permiso para salir esta vez tocando un botón rojo a lo alto de una de las barras del esqueleto de esa bestia. A mi madre y a mí, afortunadamente, siempre nos dejaban salir. Dos viajes cada día, uno para ir, otro para volver. Viendo caras nuevas, cada día, cada parada.
Han pasado los años y sigo sorprendiéndome con la gente tan variada que sube al autobús. Algunas cosas han cambiado, como el famoso bonobús, que ahora ha pasado a ser una tarjeta que pretende imitar (inútilmente) el sonido de las campanas al entrar. O como el fuelle que han incrustado a la mitad (para recogerlos con más facilidad, imagino), o los duendes que tienen escondidos a lo largo del bus que te informan de la siguiente parada con un acento extraño. Pero conserva el mismo ambiente que entonces. Y creo que cuando me marche, aunque sea un medio de transporte como cualquier otro, echaré de menos, entre otras cosas, los momentos que he pasado en todos los buses que he cogido aquí, en Zaragoza, en mi ciudad natal.
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