No esperes entenderlo...

martes, 9 de agosto de 2011

Instrucciones para empezar un día

Distraído pero atento a lo que me rodeaba (como siempre), andaba de camino a casa junto a mis padres. Ésta vez sin prestar mucha atención a su conversación, algo que tampoco me extrañó demasiado, atribuirlo a las cenizas de mi adolescencia en su fase pasota/rebelde no fue difícil. Todo parecía normal por aquel camino que habré recorrido unas 1000 veces, quizá más tranquilo de lo habitual y únicamente perturbado por nosotros tres.
Desde luego, estaba bastante alejado de lo que decían mis padres porque llegó un momento en que dejé de oírles para empezar a escuchar música. Desde que empecé a pensar por mí mismo y a sacar mis propias conclusiones serias (aunque al principio fueran tan solo vanos intentos) escucho música, así que tampoco me extrañó que mi mente, acostumbrada a tal fluir de notas, recreara sonidos que, por supuesto, eran canciones que ya conocía. No me quedo fácilmente con la letra de las canciones pero desde siempre me han llamado la atención bastante y me resulta fácil quedarme con los ritmos de batería (o con una buena melodía a la guitarra o riff). Y como batería, uno de los que más han trillado y cultivado mis oídos es Danny Carey, batería de Tool. Todo un deleite para cualquier amante de ritmos quebrados y el arte de los golpes bien dados. Como es habitual, mis pasos fueron en comunión con las baquetas de Danny.
Es increíble la potencia de la mente y en momentos como esos, y cada vez que lo recuerdo, me doy cuenta de lo poco que la utilizo en el resto del día (tristemente). Le resto importancia. Mis pasos me llevan hasta una avenida, que también reconozco, aunque solo a altas horas de la madrugada tan escasa de tráfico. Limpia y a una luz propia del atardecer, con el sol sobre el horizonte alargando las sombras de los árboles. Sube el volumen de la música. No es mi cabeza, el sonido viene de una pequeña carpa al nivel del suelo rodeada de unos pocos oyentes. Mis padres se esfuman, se desvanecen, como espectros; le vuelvo a restar importancia, sigo hipnotizado por los sonidos, algo me atrae. Pocas veces que yo recuerde mi corazón ha dado tal bote, un chute de energía que no sé si se volverá a repetir. Demonios, ahí estaban. Todos además: Maynard, Justin, Danny y Adam. Era increíble. Había más gente tras la mesa allí plantada que no pude reconocer hasta que mis ojos enfocaron algo más que a ellos. Pude reconocer entre esas personas al excéntrico tenor de la barba y ojos desorbitados conocido como Serj. Cuando volví la vista para comprobar si de verdad estaban ellos allí tan solo quedaban Adam y Justin que empezaron a tocar tras dicha mesa apasionadamente, siguiendo un ritual hermoso, sin amplificadores consiguiendo que sonara por toda la avenida.
Un espectáculo corto pero tan real como si fuera algo más que un sueño.

La canción que sonaba mientras andaba.

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